Descripción
La iglesia no es llamada simplemente a experimentar la fe, sino a guardar la fe. El apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo en un contexto no menos hostil que el nuestro, le encarga solemnemente: «Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste… Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros» (2 Ti.1:13-14).
Este encargo apostólico define la identidad y la responsabilidad permanente de la Iglesia. La fe cristiana no es una realidad etérea, maleable o indefinida, sino un depósito doctrinal concreto, recibido, confiado y transmitido.
Que este esfuerzo sirva para animar a la iglesia a retener con firmeza la forma de las sanas palabras, a guardar fielmente el buen depósito y a confesar con claridad la fe que ha sido una vez dada a los santos, para la gloria de Dios y el bien de Su pueblo.





